Nos levantamos a las nueve de la mañana. Cata y Gabriel habían dormido en mi casa mi noche primera. Abrí los ojos y pensé en el DE-SA-YU-NO. Todos teníamos algo diferente para hacer, no había tiempo qué perder. Cata dijo que el baño se había dañado. Gabriel dijo que estaba muy difícil. El día había comenzado raro. Luego expliqué a Gab cómo cerrar y abrir la puerta de la casa. Cata estaba adentro y la llave no quiso salir más. Desde afuera gritábamos. Cata respondía. No era posible, no era posible. La mañana avanzaba y teníamos todos algo diferente para hacer, no había tiempo qué perder. Cata desarmó la chapa desde el interior y pudimos entrar de nuevo. Paso siguiente: llamar al cerrajero. Cata y Gab se fueron y el día debía continuar con un orificio grande y redondo en la puerta. El señor llegó y la vida aparentemente continuaba, ahora sí en total armonía. Pero el día estaba raro.
Después fue un evento con una cobija, ése sí de menor importancia.
En la noche me fui al teatro de nuevo. Era danza japonesa esta vez, altamente recomendada por A. En la fila para entrar al Teatro Colsubsidio, vi a una vieja amiga en el carro de la fila paralela. Mi emoción era grande y nos saludábamos de carro a carro con alegría. Como la fila era lenta y no había tiempo que perder y en la kapital la gente conduce de manera extraña (aprendés, debés aprender), avancé mientras saludaba a mi amiga. ¡Oh Dios! ¡Una chica pasaba por el frente de mi carro y la atropellé!. El día estaba raro… esperaba con ansias la noche. Ya en el teatro le hablé a la muchacha quien se encontraba bien y nada le dolía.
Vimos la danza, espectáculo bellísimo, venias finales sublimes. Una danza de cinco bailarines en un escenario que no podría describir porque le restaría hermosura. Salís con el alma inflado, 0.2 gramos de aire para respirar.
Bajé al sótano a recoger el carro. Ibamos Gabriel y yo… y tuve la leve sospecha de un evento más en este día de extraños acontecimientos… perdí el tiquete. Lo perdí. “Gab, perdí el tiquete”. Raro, rarísimo, rariforme este día eterno. Gab subió corriendo y como si el cielo hubiera decidido arreglarlo todo… encontró el tiquete. Salimos y bueno… ya estaba cerca el día siguiente. Hasta mañana. Se acabó.
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